En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».
Reflexión del Evangelio de hoy
“Ha de brotar de Jerusalén un resto”
En el texto del segundo Libro de los Reyes encontramos muchas resonancias actuales. Hemos leído en él cómo Senaquerib, rey asirio, le hace llegar a Ezequías, rey de Judá, la amenaza de un exterminio próximo. El rey Ezequías ora expresando su confianza en Dios y el profeta Isaías le confirma que su oración ha sido escuchada ya que, del resto pobre de Israel, brotará un vástago que juzgará con justicia y apostará por los afligidos de la tierra (cf. Is 11, 4).
Escuché hablar de los ‘anadina’ a un fraile dominico en un retiro de Adviento, tiempo de esperanza. Se refería a ellos como a los preferidos del Señor, ese resto pobre de Israel que ponía toda su esperanza en Dios y cuya verdadera riqueza era su fe. Su confianza no los libró de la desgracia, aunque se sintieron sostenidos en su estrechura pues creían sinceramente. La presencia de Dios en sus corazones era su fortaleza. Se trataba de personas sencillas y piadosas que trabajaban y hacían el bien a los que lo necesitaban más que ellos. Quien a Dios tiene, decía Santa Teresa, puede entregarlo todo porque nada le falta. Recuperamos de nuestro recuerdo a la viuda pobre del Evangelio (cf. Mc 12, 41-44). Aquella mujer formó parte de ese resto pobre de Israel del que Dios escogería a la joven María de Nazaret.
Oremos con fe y confianza en el Señor sintiéndonos pobres y pequeños, pues lo somos. Solo tenemos que fijarnos en los poderosos del mundo y en nuestra propia vulnerabilidad, en nuestra fragilidad frente a sus maquinaciones. Solo sobreviviremos en la confianza en el Señor que nos ha devuelto a la vida, que nos ha dado respiro (cf. Sal 66, 12) como a pajarillos salvados de la trampa del cazador (cf. Sal 123, 7)
“La senda que lleva a la vida”
Muchos de nosotros hemos escuchado la sentencia que nos habla de la pérdida de tiempo que supone enseñar a cantar a un cerdo pues lo único que conseguiremos es irritar al animal. Hoy podemos apreciar algo parecido en las palabras de Jesús que nos advierten de un peligro mayor que el de la mera pérdida de tiempo. Las cosas del Señor hay que tratarlas con sumo respeto y no se pueden usar de manera que demos pie a que sean despreciadas.
En la segunda parte de este breve texto del evangelio de san Mateo, leemos una nueva formulación de la ‘regla de oro’ que se encuentra en algunos clásicos, también en la ley judía y en sus profetas. Se trata de una sencilla fórmula de convivencia pacífica, de una ética mínima (Adela Cortina), que nos sitúa en el camino de superar las múltiples formas de violencia que nos asolan y nos angustian: amar como hemos sido amados.
Mientras tanto, podemos ir intentando lo de la viuda pobre que dio lo que tenía a otros más necesitados pues ella ya lo había recibido. Esta, nos dice Jesús, es la senda que conduce a la vida, la que nos pone a salvo.
Tomado de: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/
Autor: Dña. Micaela Bunes Portillo O.P. – Fraternidad de Laicos Dominicos de Santo Domingo (Murcia)