En aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».
Les dijo también:
«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
Reflexión del Evangelio de hoy
“Sea bendita la casa de tu siervo para siempre”
Este pasaje de Samuel nos introduce en uno de los momentos más íntimos y reveladores de la relación entre Dios y David. Después de recibir la promesa divina de una descendencia duradera, el rey entra en la tienda del Señor y pronuncia una oración marcada por el asombro, la humildad y la gratitud. No es una respuesta de autosuficiencia, sino de reconocimiento: todo lo que es y todo lo que tiene procede de Dios.
«¿Quién soy yo, Señor Dios mío, ¿y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam 7,18). Estas palabras expresan la conciencia profunda de que la elección divina no se basa en méritos humanos, sino en que todo es gracia de Dios. David comprende que su historia personal queda integrada en un designio mucho más grande, que alcanza no solo su presente, sino también el futuro de su pueblo. La promesa de Dios es eterna.
Este texto pone de relieve un don fundamental: ser pueblo de Dios, pertenecerle es una elección divina, la decisión parte de Dios, es Él quien elige y el pueblo acoge tal elección. En los versículos 24-26, David proclama que el Señor ha establecido a Israel como su pueblo para siempre y que Él mismo se ha hecho su Dios. Para nosotros ser hijos de Dios —y vivir como tales— es el regalo más grande que se nos concede, un don que define nuestra identidad y nuestra misión. De aquí que podemos hacer nuestra la oración de David una oración de agradecimiento ante un don tan grande y tan inmerecido.
La oración de David también es una lección de confianza. Él se apoya únicamente en la palabra del Señor: «Ahora, Señor Dios, confirma para siempre la palabra que has pronunciado» (2 Sam 7,25). La seguridad de David no está en sus fuerzas ni en sus logros, sino en la promesa de Dios, que es firme y verdadera. Desde esta certeza brota su alabanza y su intercesión por el pueblo.
Este pasaje nos invita a adoptar la misma actitud interior: reconocer la grandeza de lo que Dios ha hecho en nosotros y dejarnos conducir por su promesa. La fe se hace vida cuando aceptamos que todo es gracia y que nuestra vida encuentra su sentido pleno en la fidelidad y el amor del Señor.
¿Reconozco en mi vida los dones gratuitos que Dios me ha concedido, especialmente el de ser su hijo o hija de Dios? ¿Me apoyo en la palabra y las promesas de Dios con la misma confianza con la que lo hizo David?
“La lámpara es para ponerla en el candelero”
En el pasaje de Marcos, Jesús utiliza la imagen de la lámpara para enseñarnos una lección fundamental: los dones que recibimos de Dios son tanto un regalo como una responsabilidad, es decir, un don y una tarea.
La pedagogía divina se revela a través de símbolos sencillos: así como una lámpara debe colocarse en un lugar alto para iluminar, nosotros también debemos dejar que la luz de Cristo brille en nuestras vidas, reflejando su amor y verdad.
En el Evangelio de Juan (8,12), Jesús se presenta como la luz del mundo. Nosotros, sus seguidores, estamos llamados a ser luz para los demás. La luz que emana de Cristo en nosotros debe ser compartida, y así reflejamos su vida y su amor a través de los dones que Él nos otorga.
Sin embargo, existen peligros que pueden obstaculizar nuestra luz. En el Sermón 293 de San Agustín, se reflexiona sobre la humildad de San Juan Bautista, quien comprendió que su misión era señalar a Cristo y temía que la soberbia pudiera apagar su luz, destaca que él “comprendió dónde tenía su salvación, comprendió que no era más que una antorcha y temió que el viento de la soberbia la pudiera apagar”. Esta reflexión nos recuerda la importancia de la humildad y de no permitir que la soberbia opaque nuestros dones.
La clave está en que, al compartir nuestros dones, la gloria sea siempre para Dios y no para nosotros mismos. Así, como nos enseña Mateo, “alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. De este modo, nuestros dones se convierten en un reflejo de la luz de Cristo, y la gloria siempre pertenece a Dios. Por ello, es fundamental rechazar tanto la falsa humildad que oculta nuestros dones como la soberbia que los apaga.
Al final, en Marcos 4:25, se nos recuerda que “al que tiene, se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”, resaltando la importancia de compartir lo que Dios nos ha dado.
¿Qué obstáculos en tu vida podrían estar impidiendo que la luz de Cristo brille plenamente? ¿Qué acciones concretas puedes tomar para compartir los dones que has recibido y así dar gloria a Dios?
Tomado de: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/
Autor: Sor Aroa González Solís Pampliega – Monasterio de Santa Catalina de Siena. Alcalá de Henares. (Madrid)