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Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 12, 35-37

En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó:
«¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice:
“Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.
Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?».
Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.

Reflexión del Evangelio de hoy

“Tú permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado”

El texto de la segunda carta a Timoteo, a quién Pablo llama “hijo queridísimo”, forma parte del grupo de las cartas pastorales, aunque se distingue por el acento de la relación personal entre el apóstol y el discípulo. Las circunstancias en que está situada la carta presenta a Pablo en la cárcel de Roma desde donde escribe.

El apóstol comienza recordando que Timoteo ha seguido de cerca su vida: no solo su doctrina, sino también su conducta, fe, paciencia y amor. Pablo ofrece un buen ejemplo para todo predicador mediante su vida y la unión en ella de doctrina y práctica, que le ayudaron a superar las dificultades. Él evoca sus padecimientos y persecuciones, dando testimonio de que el Señor lo libró de todas ellas, y establece así un principio firme: que quienes desean vivir piadosamente hallarán tribulación. De este modo, el sufrimiento no aparece como signo de abandono, sino como parte del camino de fidelidad, en el que Dios sostiene a los suyos. Se advierte sobre aquellos que se desvían de la verdad, los cuales, engañando y siendo engañados, avanzan en el error. Frente a ello, se exhorta a permanecer en lo aprendido, afirmándose en la enseñanza recibida y en la certeza de su origen.

Finalmente, uno de los puntos más importantes del texto es la afirmación sobre la Sagrada Escritura. Pablo proclama la dignidad y utilidad de esta, inspirada por Dios, como medio para enseñar, reprender, corregir y formar en la justicia. El autor supone que estas Sagradas Escrituras ilustran, profundizan y hacen vivir la fe en Cristo. De este modo, con la escucha, la comprensión de la Palabra, el discípulo estará preparado para toda obra buena, o sea, para una vida conforme al plan de Dios.

“Dijo el Señor a mi Señor”

El texto del evangelio de hoy se sitúa en la sección de controversias en el templo (Mc 11–12). Jesús ya ha respondido a fariseos, herodianos y saduceos; ahora va a tomar la iniciativa. Él no responde a pregunta alguna, sino que plantea una nueva. Jesús parte de una creencia común de que el Mesías sería “hijo de David”. En Marcos, la cuestión de la filiación davídica se plantea no de manera abstracta, sino en relación con Cristo Jesús. Existía un nexo tradicional entre Jerusalén, el Templo y la llegada del mesías davídico, del que se esperaba no solo que purificara a Jerusalén de sus contaminaciones a causa de los paganos y de que restaurara el Templo, sino también que fuera un intérprete profundo de la palabra de Dios. Dentro del relato Marcano, Jesús ha entrado triunfal en Jerusalén, ha sido aclamado como hijo de David y ha afirmado su autoridad mesiánica sobre el Templo (11,1-18).

Jesús no rechaza directamente la idea tradicional del Mesías como descendiente de David, una expectativa bien asentada en el judaísmo del siglo I, sino que la desborda. Al recurrir al Salmo 110, introduce una tensión en la interpretación: si David llama “Señor” a esa figura futura, entonces no puede ser simplemente un descendiente suyo sino alguien que posee una dignidad superior. Jesús aparece como alguien cuya autoridad supera las expectativas convencionales: no es solo un rey restaurador al estilo de David, sino alguien que está por encima de él.

Finalmente, la reacción de la multitud, que lo escucha con agrado, introduce un contraste significativo: mientras las autoridades religiosas quedan implícitamente cuestionadas, el pueblo percibe la fuerza y la autenticidad de las enseñanzas del Maestro de Nazaret.

En conjunto, el pasaje sugiere que la identidad mesiánica de Jesús no puede encerrarse en categorías heredadas, sino que exige una reinterpretación que reconozca su autoridad singular y superior. Al final, la pregunta de Jesús sigue abierta. Y quizás la fe comienza precisamente ahí: cuando dejamos de encerrar a Dios en nuestras ideas y nos atrevemos a reconocer la grandeza que vive que Él.

Tomado de: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/
Autor: Hna. Carmen Román Martínez – Congregación de Santo Domingo

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