En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Reflexión del Evangelio de hoy
“Si morimos con Cristo, viviremos con Él”
Se aprecia un camino sencillo y verdadero de la Fe firme en Tito, que ha de ser educada y fortalecida por su maestro. Le avisa, le explica, le protege, le enseña, etc. cómo ha de estar y colaborar en la comunidad, conociendo la realidad, para mantener la pureza y limpieza del tesoro que tiene y conserva.
En estos versículos, Pablo le enseña la clave, la esencia, lo que fortalece y produce la perseverancia: es Cristo, su realidad redentora directamente dirigida y aplicada a cada uno, que nos salva y fortalece para reconocer y anunciar la verdad que ha de difundir a todos “si morimos con Él, también viviremos con Él”.
Se percibe una orientación práctica para fortalecer y un lanzamiento a la misión del discípulo.
El texto nos muestra que, sobre un primer don de ser cristiano, de sentirse salvado, se necesita pedir y aportar el impulso desde nuestra iniciación por la fuerza de Cristo.
“Señor, muéstrame tus caminos”
Se suelta la tensión de la lectura y se avanza con paz en la certeza de la confianza en el Señor. Se trasvasa la propia realidad y el cierto “esfuerzo” que supone al cristiano ser consecuente, a la certera actitud experimentada en el salmo: “instrúyeme en tus sendas que son misericordia y lealtad”. El Señor nos conforta y recoge, tras la lucha y el esfuerzo, en su descanso.
Impresiona encontrar en los salmos cada estado o situación de nuestro ser, de nuestra vida, cómo descubres que, en el Corazón y los planes de Dios, todo estaba previsto para seguir y culminar el Evangelio; que Él nos conoce, acompaña y auxilia en cada momento y circunstancia, porque el Señor “se confía a los que lo temen y les da a conocer su alianza” porque Él es “Camino, la Verdad y la Vida”.
Hacia la plenitud
Las cosas son de otra manera, Él es Dios de vivos, no de muertos y nuestra naturaleza mortal no alcanza a comprender “las cosas de allá arriba”, lo que forma parte de los vivientes del Cielo.
¡Cuántas veces nos pasa! Y no entendemos ni podemos entender, ni está a nuestro alcance… es que realizar las obras de salvación requiere la fuerza del Resucitado, del Espíritu que nos regaló, “los vivos son quienes te alaban”. Y en verdad que nos desborda, porque pretendemos juntar dos realidades: lo que somos y tenemos como pobres mortales y lo que es fruto y regalo de la Resurrección, del Espíritu que nos ilumina y hace capaces y nos va conduciendo a lo único y más importante, lo que ya comienza y dura siempre, lo que nos admira y comienza a hacerse realidad en nosotros: el “mandamiento primero : amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” y tratándose del Amor, que es difusivo, consecuentemente, “amarás al prójimo”. Parece inalcanzable, muy superior a nuestras fuerzas y capacidad, pero precisamente así constatamos que es un Don de Dios añadido a nuestra naturaleza.
En este Evangelio se concreta la esencia del cristianismo, el intercambio y diálogo con el Señor que pone gradualmente en el corazón el camino a seguir desde la “escucha” o apertura a Él para “que ya no sea yo, sino Cristo en mi” hasta el acercamiento a la plenitud de la ley en y por el Amor. Es un proceso, un camino que se va realizando en nosotros con el tiempo, fidelidad y paciencia porque es la obra del Espíritu que es Quien nos santifica en realidad.
Queda añadir que hoy en la Orden de Predicadores celebramos a san Pedro de Verona, el protomártir, el que fue muerto por predicar la verdad y que escribió con su propia sangre en el suelo: CREO. Que él nos acompañe y asista en esta andadura.
Tomado de: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/4-6-2026/
Autor: Sor Inés Carmen de la Fuente Ruiz O.P. – Monasterio de San Blas (Lerma, Burgos)