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Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 26 – 16, 4a

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.

Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.

Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».

Reflexión del Evangelio de hoy

“Ven a hospedarte en mi casa”

Continuamos con la meditación del libro de los Hechos de los Apóstoles. Nos lleva, de la mamo de san Lucas su autor, al recorrido del segundo viaje paulino en que, desde el Asia Menor o tierras de la actual Turquía, conduce a Europa. «Ven a evangelizarnos», soñó Pablo que le rogaba un macedonio.

La lectura de hoy se centra en un punto concreto a las afueras de la ciudad de Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia, colonia romana entonces. Pablo y sus compañeros Lucas y Timoteo comenzaron buscando un lugar de encuentro a la orilla de un río. Allí aparecieron unas mujeres para hacer oración. La protagonista fue Lidia una vendedora de púrpura, por mar señas natural de Tiatira, en el Asia Menor y «adoradora del verdadero Dios» que podía ser una no judía.

A Pablo no le costó trabar conversación con el grupo y transmitir sus convicciones más profundas, que se centraban en Jesús salvador de toda la humanidad. Les habló de su persona en la que entraba necesariamente la verdad de su muerte y resurrección. El Predicador infatigable puso su parte, pero la principal fue de la persona divina que lo acompañaba y a la que enunciaba, es decir, de Jesús. Solo él tiene la llave de los corazones y, sobre todo, conoce y ama la puerta a la que llama para que se abra a la fe. La fe es un don que no se merece, pero que Dios lo ofrece a todos los humanos para que lo acepten libremente.

Libre fue Lidia para escuchar al mensajero y para hacer suyas las verdades que proclamaba como embajador de Cristo. Se bautizó con toda su familia a la que le fue fácil llevarla por los caminos de Dios. Manifestó, además, su contento y gratitud invitándoles a hospedarse en su casa, pero con una condición: «Si estáis convencidos de que creo en el Señor».

El enviado por Dios, y lo somos todos los bautizados, no puede ocultar la luz de su creencia en la persona de Jesús y también de invitar con intenso gozo a su Salvador, «ven a hospedarte en mi casa».

“Os enviaré desde el Padre el Espíritu de la verdad”

San Juan en su Evangelio trata del discurso que Jesús dirigió a los Apóstoles. Son ellos los fundamentos o cimientos vivos de la Iglesia, que tiene como piedra angular y cabeza al Señor. Pero los agraciados con el regalo del Espíritu Santo somos todos los bautizados y, por tanto, también para nosotros hay un mensaje desde lo que escribe el evangelista.

¿Cuál es? podemos preguntarnos. —Que el Espíritu Santo es «Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que habló por los profetas» (Credo niceno constantinopolitano).

La persona divina del Espíritu Santo es como el alma de los bautizados y, por tanto, quien transmite vida, ilumina nuestras inteligencias, robustece la voluntad, unifica a los creyentes para que tengan una sola alma y un solo corazón en Dios, es constructor de comunión, caldea los corazones con las verdades transmitidas por la Biblia, anima a no dejarse acobardar, da la valentía necesaria para confesar a Dios y ofrecer testimonio, ayuda a superar las dificultades por grandes que sean, da perseverancia para peregrinar hacia la meta justa.

La «hora del Espíritu» ha llegado para quien lo recibe en su alma y, desde semejante momento, que puede ser el Bautismo de cada uno, no se aleja nunca. Sencillamente, porque el Eterno entró en nuestra historia. Sus acciones, sin origen, desde siempre, serán en nosotros para siempre. Personifica el amor en la divinidad y viene a encender el fuego del amor en la humanidad. Los verdaderos creyentes hemos de ser constructores de paz, armonía, paciencia, mejoramiento para todos, luchadores para que nuestra morada interior sintonice en cada momento con el «Señor y dador de vida».

¡El Espíritu Santo obra siempre maravillas!

Tomado de: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/
Autor: Fray Vito T. Gómez García O.P. – Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrente, Valencia)

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