En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, dijo Jesús:
«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».
Reflexión del Evangelio de hoy
Iglesia en misión
La lectura nos habla de la despedida de Pablo en la comunidad de los efesios, y aunque las palabras de Pablo parecen sonar a reproche, en ellas se refleja una Iglesia que no camina en solitario, sino en comunión. San Pablo no actúa como una figura aislada: convoca a la comunidad, comparte su experiencia y rinde cuentas de su misión dejando los cimientos de un estilo eclesial vasado en el caminar juntos, escucharse y discernir en común.
Pablo entiende su propia vida como una misión compartida. Su testimonio no busca imponerse, sino fortalecer a la comunidad. Les recuerda cómo ha vivido entre ellos, pero no para centrarse en sí mismo, sino para dejar un camino abierto que otros puedan continuar. La Iglesia, en clave sinodal, es precisamente eso: una historia que se transmite, una responsabilidad que se comparte.
El texto también muestra una Iglesia en camino, no instalada. Pablo se sabe enviado, impulsado, incluso hacia lo desconocido. Esta dimensión peregrina conecta directamente con la sinodalidad: la Iglesia no tiene todas las respuestas cerradas, sino que discierne paso a paso. Y precisamente ahí nace la esperanza, porque el futuro no está vacío, sino habitado por Dios.
Por último, la despedida de Pablo no es un final, sino un relevo. Confía en que otros continuarán la misión. Y precisamente a esa misión inicial de Pablo es a la que estamos llamados ahora todos los hijos e hijas de Dios, a construir comunidades sembradoras de esperanza y de puertas abiertas.
Caminar juntos
También el texto del Evangelio de hoy, en principio, nos parece una despedida, en este caso de Jesús, que habla de sus discípulos reconociéndolos aun con sus fragilidades. Jesús no idealiza la comunidad, pero tampoco la abandona a su suerte. La entrega al Padre —“cuida de ellos”— es un acto de confianza. La Iglesia no depende solo de sus fuerzas, sino que camina acompañada por Dios. Esto implica que la comunidad tiene una orientación, una revelación que la guía, una experiencia compartida de Dios que ilumina el camino común.
El hecho de que Jesús eleve esta oración antes de su pasión añade una dimensión aún más esperanzadora. En el momento en que todo parece encaminarse hacia la ruptura, Él habla de glorificación, de unidad, de vida eterna. La esperanza cristiana nace precisamente ahí: en la certeza de que incluso en la dificultad, Dios está actuando.
Todo esto nos invita a entender la Iglesia como una comunidad confiada y enviada. Jesús no retira a los suyos del mundo, sino que los deja en él, sostenidos por la comunión con el Padre. La sinodalidad se convierte así en un modo de vivir esa presencia: caminar juntos en medio del mundo, sabiendo que no estamos solos.
¿En qué momentos de nuestra vida comunitaria experimentamos que realmente “caminamos juntos” y no cada uno por su lado? Si Jesús confía en sus discípulos aun con sus fragilidades, ¿cómo estamos llamados a mirarnos y sostenernos mutuamente dentro de la Iglesia? ¿De qué manera concreta sentimos que Dios cuida hoy de nuestra comunidad? ¿Sabemos reconocer esos signos en medio de las dificultades?
Tomado de: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/
Autor: Fraternidad Laical de Santo Domingo de Valencia – Fraternidad de Laicos Dominicos de Valencia