Carisma y espiritualidad
UNICA persigue sus propios objetivos mediante el esfuerzo por formar una comunidad auténticamente humana, animada por el espíritu de Cristo. La fuente de su unidad deriva de su común consagración a la verdad, de la auténtica visión de la dignidad humana y en último análisis de la persona y del mensaje de Cristo, que da a la Institución su carácter distintivo. Como resultado de este planteamiento, la comunidad universitaria está animada por un espíritu de libertad y caridad, y está caracterizada por el respeto recíproco, por el diálogo sincero y por la tutela de los derechos de cada uno. Cada miembro de la comunidad a su vez coadyuva con las que tocan a la comunidad misma, así como a mantener el carácter católico de la Institución.
El origen de la Universitaria Católica Americana se da como resultado del carisma y espiritualidad de sus fundadores, quienes consideran la educación como un medio y no como un fin en sí mismo; el medio eficaz para la evangelización y para la promoción y el desarrollo humano sostenible. Esta vocación encuentra su sentido más amplio en las Sagradas Escrituras, quienes iluminan los aspectos carismáticos y de espiritualidad misericordiosa. Por un lado, el apóstol Pablo enseña en Gálatas 5:22–23 que “el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, Mansedumbre [y] templanza”. Recordando que estos atributos comunicables de Dios son los necesarios para la felicidad y la convivencia humana.
También exhorta en 2 Timoteo 4:2-3 a la comunidad cristiana “Predica la palabra; insiste a tiempo {y} fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos.” Así las cosas, la predicación del evangelio y la enseñanza de las verdades que la cristiandad ha creído por siglos, es el corazón del PEI, reconociendo la condición Bio-psico-social, cuyo desarrollo pleno lo encuentra en la dignificación de estas áreas, siendo ello el fin último del mensaje del evangelio (Juan 10,10) y que supera la mirada terrenal de la felicidad, para proponer un ideario escatológico y eterno, como lo es el Reino de Dios (Apocalipsis 21, 1-14).
Nuestra espiritualidad misericordiosa y vocación por la educación como apostolado hunde sus raíces en el pensamiento de los Padres de la Iglesia. Es indiscutible la producción de obras pedagógicas de autores eclesiásticos de la Antigüedad tardía. Sólo la lista de los ejemplos más insignes, Carta a los jóvenes de Basilio de Cesarea, el tratado Sobre la vanidad y sobre la educación de los hijos de Juan Crisóstomo, el “De catechizandis rudibus y el De magistro” de Agustín, revela ya la proximidad entre pensamiento patrístico y pedagogía, lo que evoca una verdadera y propia Wesensverwandtschaft, más allá de la simple percepción –por otro lado muy familiar en América a través de la presencia milenaria de centros de formación de inspiración cristiana– del cristianismo como visión integradora del mundo que tiende a incluir la educación.
Nuestro ideario entonces se remite a los cimientos de la relación entre teología patrística y “educación”, y demuestra, en un primer momento, el origen de esa relación que, en efecto, se encuentra en el corazón mismo de la teología cristiana, para, a continuación, explorar dos reflexiones patrísticas que fueron elaboradas en referencia directa a categorías pedagógicas, con el fin de articular con mayor precisión una antropología que se plantea la realidad de un Dios que, hecho hombre, “crecía en sabiduría” (Lc. 2, 52) y “sufriendo aprendió a obedecer” (Hb. 5,8).
Nuestra vocación especial en el Pueblo de Dios es el ministerio de la obra salvadora de Jesús, con la que comunicamos a los hombres el misterio íntegro de Cristo. En efecto, hemos sido enviados a anunciar la vida, muerte y resurrección del Señor, hasta que vuelva, a fin de que todos los hombres se salven por la fe en El. Compartiendo las esperanzas y los gozos, las tristezas y las angustias de los hombres, principalmente de los pobres, pretendemos ofrecer una estrecha colaboración a todos los que buscan la transformación del mundo según el designio de Dios. Por tanto, debemos anunciar la Buena Nueva del Reino en fidelidad y fortaleza, sobre todo porque son muchos los que a él se oponen, por ambición de poder, por afán de riquezas o por ansia de placeres.
Nuestra Sociedad de vida apostólica e cumple su misión suscitando y consolidando comunidades de creyentes, sea convirtiendo a los hombres a Dios por la fe, sea renovando su vida en Cristo y llevándola hasta la perfección. Para cumplir esta misión, empleamos los miembros, todos los medios que nos sean posibles; pero, ante todo, de fomentamos en nosotros mismos:
—El sentido de intuición para captar lo más urgente, oportuno y eficaz, atendidas las circunstancias de tiempos, lugares y personas, sin anclarse en métodos o instrumentos de apostolado inadecuados;
—El sentido de disponibilidad, de modo que estén dispuestos a renunciar a todo lo que hasta ahora han tenido, con el fin de realizar la misión de propagar la fe, tanto dentro como fuera de las fronteras de la patria, dóciles al Espíritu y obedientes a la misión;
—El sentido de catolicidad para ir a todas las partes del mundo y con espíritu abierto estimar grandemente las costumbres de los pueblos y sus valores culturales y religiosos.
Desde la Universidad como apostolado de los Misioneros de la Misericordia, la acción misionera debe dirigirse, ante todo, a aquellos que más necesitados están de evangelización o a quienes ya son agentes de la misma evangelización o pueden serlo. De buen grado asociamos en el Señor a nuestras obras apostólicas a todos y cada uno de los que, impulsados por espíritu misionero, desean colaborar con nosotros.